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Gran parte de la vida de Galo Enrique Carvajal Cevallos ha transcurrido en la cresta más alta de la ola. Algunas veces, y no pocas, también caminó al borde de la cornisa; pero logró salir indemne gracias a su férrea voluntad y a sus inmensas ganas de trascender.
Viajero impenitente, librero de vocación y pintor por necesidad, este quiteño nacido el 3 de septiembre de 1960 en la Montes y Daniel Hidalgo -donde todavía reside- es un bohemio a tiempo completo.
“Está loco el hombre. Pero es un loco simpático, lleno de buenas ideas y de vibraciones positivas”, explica Xavier Fabara, uno de los tres ‘orates’ que acompañan a este loco bueno en el manejo y puesta a punto de Bibliothek, una librería que ya cumple dos décadas en la Santa Prisca, entre las calles Antonio Ante y Juan Larrea.
Óscar Guacán y el ‘Pocho’ Chávez son los otros dos posesos que ayudan a Carvajal en el mantenimiento de este refugio temporal para 6 000 libros. Textos que llevan los sellos de las editoriales más prestigiosas como Alianza, Planeta, Alfaguara, Océano, Taschen, Plaza & Janes, Norma; y también de las nacionales Trama, Antares, Fonsal...
20 años y pico antes su mamá, María Piedad, inauguró el negocio como una papelería, la famosa Supercopia. Esta proveyó de lápices, cuadernos y más útiles escolares a por lo menos tres generaciones de guambras que estudiaban en el ‘Patrón’ Mejía, el colegio vecino.
Y aunque el servicio de papelería no ha desaparecido de Bibliothek, ahora solo es un retazo de un universo que incluye un taller ensamble (hay hasta una bicicleta y una motoneta Vespa en la decoración) y pone a punto la galería de arte George, donde Galito mostrará los más de 300 cuadros -todos óleos- que ha pintado en el lapso de una década.
La pintura es, precisamente, uno de sus amores tardíos. Y nació del apego que tiene por los viajes, la buena vida y las damas agraciadas; a quienes impresiona con la erudición que le ha dado su afición por las lecturas selectas... y a pesar de que su fisonomía no es la de un Brad Pitt, se las arregla con soltura.
Fue hace 11 años, en Machu Picchu. En su visita al santuario conoció a una muchacha a quien, para conquistar le pintó, entre otras virtudes, que era dibujante y retratista. La chica, todo un hueso duro de roer, hizo la lógica y le dijo a quemarropa: bueno, entonces píntame.
Y para no soltar presa, como todo cazador que se precie, se dedicó a pintar y pintar el rostro de su Dulcinea, hasta que lo logró. Al principio era como jugar al billar con una soga, recuerda, pero después fue haciéndose un trabajo más sencillo.
Así empezó su afición, la que fue reforzando con el conocimiento de las características de maestros como Van Gogh, Picasso, Cézzane, Modigliani, y Gauguin; sus máximos referentes en este arte.
Ahora, la parte posterior y el ‘mezzanine’ de su librería están abarrotados de pinturas de todas las tendencias y de varios formatos. Hay cuadros cubistas, naturalistas, realistas, impresionistas, figurativos, posfigurativos... abstractos.
A esa tarea dedica gran parte de su tiempo actual, sin descuidar el manejo de la librería, desde luego, porque ese es el negocio que le provee de los dólares necesarios para su subsistencia y para darse, de cuando en vez, el gustito de viajar.
Así ha conocido casi toda América: desde Ontario, en Canadá, hasta la Patagonia, en Argentina y Chile. Hace poco realizó, con la dama del retrato, un viaje en autobús desde Quito a Buenos Aires y viceversa.
¿Ese trajín de vida significa que tener una librería es un buen negocio? Para nada. Antes sí era una actividad como para forrarse de plata y yo aproveché la coyuntura, expresa convencido el pintor-librero.
“Ahora solo me da para vivir dignamente. Con el desarrollo tecnológico y la Internet los estudiantes leen cada vez menos y, obviamente, compran poco”, sentencia con un dejo de conformismo en la voz.
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