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Era cuestión de tiempo. El reloj y los malos repartos son aliados perfectos para encontrar barro oculto bajo la alfombra.
La corrupción denunciada en la Agremiación de Futbolistas, no es más que un cuadro degenerativo, una bola de nieve.
Casi una década después de su fundación, en la mal llamada Agremiación (¿Cuántos aportan? ¿Cuántos van a las asambleas?), las cosas siguen igual que antes de su génesis.
La gestión de Emilio Valencia, quien se perennizó como otros tantos que se autocalificaron imprescindibles, pasó de sospechosa a presuntamente dolosa.
Sospechosa: porque a uno le llamaba la atención que siendo el principal de su clase, se haya prestado para defensor particular de jugadores, miembro de una Comisión en la FEF, activo para los viajes de la Tri…
Dolosa: porque las acusaciones de su gerente tienen nombres, apellidos, cifras… y hasta ahora Valencia no atina a rebatir las imputaciones en su contra.
Valencia se fue y su mandato solo ha dejado denuncias y acusaciones. La Agremiación ni siquiera tiene web.
Por cierto, en el sitio de la Aso de Futbolistas de Colombia hay una frase: “Reglas claras, profesión digna”. ¡No más!
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