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En el bulevar de la 24 de Mayo aún se reúnen los viejos amigos
Manuel Humberto quiere matarse. Las ganas de llorar le aprietan la garganta, él se hincha y suelta un suspiro ebrio, que sale con un aire suicida a perderse en el nuevo bulevar de la 24 de Mayo. Su pana el Hugo asoma como fantasma, se para junto a él y Manuel deja de llorar.
Los ‘no rehabilitados’ de la 24 se miran en silencio un rato, constatan que no hay plata en los bolsillos y se intercambian muecas largas como si fueran el esperpento de un cuadro de Dalí y estuvieran derritiéndose bajo un sol ibérico. Sumamos tres tipos reunidos en el bulevar, frente a la capilla de El Robo. Ninguno tiene buena facha, es domingo de Ramos y Humberto ya vio a los municipales acercarse: “Ahí vienen otra vez a jod…”. “Caballeros, a otro lado por favor, no pueden estar tomando”, dicen los uniformados.
Humberto está chumado debe irse a otro lado por orden de los municipales. ¿¡Al otro lado del silencio!?, como dice la canción de los Ángeles del Infierno. A Humberto le falta llorar de las iras, mejor se va rápido antes de que ahí mismo se le vayan las lágrimas, a la plaza Victoria talvez, lugar en el que sí permiten el juego de baraja y el estar, sencillamente estar.
Señor trailero Hugo Hermán prefiere las ratas a vivir secuestrado por tres días, según denuncia él. En la casa de su hermana tiene un cuarto, ella profesa lo que dicen las Sagradas Escrituras y en el nombre del Señor le pone candado a su cuarto, con Hugo adentro para que no salga a beber más.
Aprovechando la sobriedad obligatoria se escapa por la ventana, para meterse en un recoveco que deja la iglesia de El Robo, o a la cueva que tiene a orillas del Machángara, la que comparte con un amigo al cual no ha visto hace mucho tiempo.
A las ratas les llama conejos, pericotes, cuyes... no hay lío con ellas cuando hay licor, mejor dicho, cuando hay amigos taxistas que le dejan uno o dos dólares para que en algo se ayude, pero el Hugo es necio, se compra trago, al punto que el solito se sentencia: “En una de estas me voy a morir de un infarto por el trago”.
Hugo muestra una billetera grande, en la cual se pierden entre tanto bolsillo la cédula y una copia de la licencia, ahí consta que era chofer, que él manejaba un Lada del año, el mismo que lo vendió para que su mujer se vaya a España, diciendo que le va a mandar a ver y a la final… “ni una carta me mandó la muy…”. Sin el Lada empezó a darle a la botella. Tocó fondo cuando su madre, la dueña de un salón del sector, sufrió una caída y falleció.
El asaltado Por una gorra casi le sacan el ojo en la 24. Él estaba sentado cuando pasaron unos manes, le metieron su puñete y le quitaron la gorra. Prefiere que le digan señor trailero y recordar cuando iba de Quito a Loja y de la juventud que empleó manejando buses de transporte interprovincial.
Empezó a los 15 en el volante, llegó hasta tercer curso y se puso a trabajar más pronto que tarde porque eran 12 hermanos y había que ganarse el sustento. Ahora tiene 54 y no deja de repetir que sufre bastante y que ‘en las playas del Machángara’, solo viven los verdaderos hombres.
El único familiar al que dice ver de vez en cuando es a su hijo William Patricio. “Mijo lindo, el más parado. Es sargento de la marina, está en Playas” y añade que llega a visitarlo en una moto. Asegura que no hay opción, ¡sufre!, no hay quién le ayude. Al bulevar llega a las 05:00, “no me dicen nada porque soy viejo”. La foto la quiere de lado, le sugiero que le puedo hacer una con el cóndor del bulevar, ¡qué cóndor ni qué nada!, aquí no más y de ladito. ¡Clic!
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