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La infraestructura tiene 74 años y la dueña, 89. Moradores señalan que hay ladrones y fantasmas. Esa no es la realidad.
En el barrio La Floresta, entre las calles Valladolid y Vizcaya, hay una vivienda que contrasta con las demás. Su fachada de ladrillo y piedra resalta, aunque también lo hacen sus paredes y el techo de teja que se están desmoronando. Parece abandonada.
De ahí que, varios moradores piensan que la casa es una guarida de ladrones o que está hechizada.
Se equivocan Junto a las dos puertas de aluminio -llenas de grafitis- del cerramiento de la vivienda hay tres piedras. Al golpearlas, durante 10 minutos, contra la puerta se escucha una voz débil: "Ya voy...".
Ocho minutos después, sale una mujer de cabello blanco que le llega hasta los hombros, los cuales están cubiertos por un poncho negro. Sus pasos son muy lentos y con dificultad llega hasta las puertas, abre una y dice: "Soy María Zárate y no estoy loca".
Ella es la propietaria de la vivienda que, según dice, se construyó hace aproximadamente 74 años, cuando tenía apenas 15 años.
-¿Usted vive aquí?, pregunta el periodista.
-Sí, responde Zárate. -¿Y no le da miedo que se derrumbe la casa? Zárate agacha su cabeza sobre sus manos y se pone a llorar.
Entre lágrimas, afirma que esa casa es lo único que le queda, por lo que vive sola en uno de los cuartos del inmueble, que tiene 750 metros cuadrados. "Mire, esta casa la construyó mi padre antes de que me deje en la calle", afirma Zárate.
Luego sus ojos se posan en la deteriorada infraestructura y cuenta que hace unos 50 años la vivienda era como un castillo blanco, lleno de girasoles. Un lugar que le ayudó a superarse cuando su padre le quitó toda la ayuda económica porque se separó de su esposo.
"Mi familia era de dinero y arregló un matrimonio, pero el hombre tenía 46 años y era un borracho. Además, yo no era propiedad de nadie, así que me vine a vivir acá", dice.
Producto de esa unión, que duró seis meses, tuvo a su único hijo, quien -afirma- la va a visitar cada cuatro semanas. Él le da dinero. De eso vive. Pese a esto, asegura, no va a vender la casa, pues es su símbolo de sacrificio. "Eso sí, espero no morir aplastada", afirma.
Una decisión que impide que el Municipio intervenga, pues se trata de un bien privado. Así lo afirma Fernando Lara, administrador de la Zona Norte. Sin embargo, Zárate señala que a sus 89 años la muerte está por llegar, por lo que ya piensa donar el bien a alguna organización o al Gobierno. "Solo pido que aquí hagan algo que sirva para todos", añade.
Una oferta que para Lara se puede concretar, siempre y cuando el propietario del predio o un familiar realice una petición.
Luego de una hora entre recuerdos y anécdotas, ella se despide e ingresa en la vieja vivienda que no está hechizada ni llena de ladrones, pero sí olvidada, como Zárate.
¿Qué medida cree que se debe aplicar para cuidar los bienes patrimoniales en deterioro? Déjenos su comentario
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