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‘La China’ eligió un vestido corto, con un estampado que simulaba la piel de una serpiente. Se muere de frío, debe ser la tercera vez que está en Quito, se sube al auto y entrega el ‘flash memory’ con las pistas de los temas que cantará en esa noche. Llega a Chillogallo, es mejor que no se baje hasta que vengan por ella. Al poco rato, un joven con los churos del Fausto Miño le abre la puerta del carro y le dice: “¡Por aquí señorita!”.
Un hombre se suma a los encargados de la seguridad en aquella discoteca ubicada en el sur de Quito, este no repara en darle corona a ‘La China’, cuando la llama: “mi reina”. El galán de barrio le asegura a la artista que con él estará más segura que billete de USD 100 en caja fuerte del Banco Central. Ese es el secreto de labia, crear mundo imaginarios que en la realidad no funcionan. ‘La China’ entra en un salón enorme, en el que unas 200 personas sudan la gota gruesa bailando. El DJ conecta el ‘flash’ de ‘La China’ y el animador la presenta: con ustedes: Adriana Beruz, ‘La China de la rocola’.
Adriana entiende poco de lo que es el feminismo que ha escapado del manoseo de los machistas, pero desde el día en que aquel Perro sucio (como titula a uno de sus temas), le levantó la mano, se armó de la fuerza que tienen los volcanes para decir que hay temas sobre los cuales “una no puede cerrar los ojos”. Y qué mejor que la rocola para hablar de las mujeres maltratadas, para decir que no hay que dejarse violentar y que “siempre hay que tener la autoestima como debe ser. Yo trato de decir que no es posible vivir de esa manera, en un yugo”. ‘La China’ les dice a esos: “recibirás tu castigo, ¡miserable, infeliz!”.
Sus temas forman un triángulo amoroso que pone en crisis a la familia. Un mismo hombre pude recibir doble sereno: su esposa traicionada le puede cantar: Perro sucio y su amante: ¡Soy tu amante! ¿y qué?
El bendito requinto se le grabó a Adriana cuando sus padres iban a Radio Cristal, a participar como cantantes aficionados en los programas concursos. A los 20 años se graduó como enfermera, se casó, tuvo un hijo y a los 23 años empezó a trabajar en orquestas en su natal Babahoyo. ¡Adiós a los enfermos! Pronto se metió en la ola de los grupos de tecnocumbia. Sentimientos encontrados se ven en ella, no quiere hablar de esa época, pero dice que fue agradable. Ahora nada como ser su propia jefa, ponerse lo que ella quiera y no los vestidos que lo muestran todo, ¡quieras o no!
La rocola es otro mundo, su carácter le da para eso, aunque debe lidiar con los cavernícolas y antropófagos que al pie de sus videos en YouTube dicen que quieren comérsela. “Este es un mundo en el cual una tiene que luchar contra el machismo, pero gracias a Dios tengo trabajo y aceptación de la gente... no he tenido que ceder a propuestas maliciosas que a una le hacen”, cuenta.
Los ‘carniceros’ la idolatran: “¡qué buena carne!”, le comentan y ella queriendo escapar de ser vista como objeto sexual dice “soy voluptuosa, la gente cree que una es puro cuerpo, trato de vender talento”. ‘La China’ está más que segura que solo una mujer le pudo escribir “¡así se visten las putas!”, como comentario en uno de sus videos y quizá la misma mujer le creó un anuncio falso: “Llega la China de la rocola, la más arrecha del Guayas, sexo sin límites, total discreción, solo USD 40”.
Y ahí sí, los reporteros faranduleros llegaron a la puerta de su casa, tal como ella desea que lleguen cuando lanza un tema, para dispararle las cámaras en la cara. Adriana no tiene pelos en la lengua, es de esas mujeres que no ocupan el lugar que el machismo les señala: la casa, la alcoba... ni tampoco se queda con los roles de la engañada, la sumisa. ¡Nada!, ‘La China’ va por el espacio de los hombres.
¿Por que ‘La China de la rocola’? “La gente quería contratarme, pero no sabía cómo llamarme, necesitaba un nombre. La gente decía: ‘por favor, necesito a ‘La Chinita rocolera’, entonces fui y lo patenté”.
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