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Eran unos tipos malos, ¡malísimos! Sabían hacer dos cosas en este mundo: ganar dinero y quitarle la vida a otros. En contadas ocasiones Carlos Mario se acercó a lo que se llamaban sus ‘oficinas’, que más que un lugar, era el acto de reclutar gente y hacer trabajos para los guardaespaldas de Pablo Escobar. A Carlos Mario no le gustan las telenovelas, pero cuando ve ‘El patrón del mal’, la novela del ex capo colombiano, se acuerda del ‘Tyson’ y de ‘La Kika’, ellos eran los malísimos. Ahora están ‘encanados’ (presos) lejos, en los Estados Unidos, pero en alguna ocasión, Carlos Mario recibió dinero de ellos a cambio de algún coche robado.
Ni por el ‘berraco’ a Carlos Mario se le ocurrió irse a meter a ‘la finca’, este sí un lugar, en el cual estaban todos los reclutados, aprendiendo a disparar, matar y dándose bala entre ellos, hasta que quedaba el más apto para el trabajito que demandaba don Pablo.
Carlos Mario escuchó muchas historias de esas. “¡Huy!, eso sí era tenaz”, expresa. Llegan el plato de salchipapas a la mesa, la salsa de tomate estalla sobre las papas, como si fuera un cuerpo reventado por una narco-bomba. Carlos Mario no come, engulle, “la plata se me va hermano”, dice mientras está metido en una cafetería.
¡Alabado sea Cristo!, Carlos Mario cuenta que luego de 10 años de delincuencia conoció a Cristo y le hizo el milagro: ¡cambió! Por varios años se dedicó a ayudar a adictos a la heroína, droga que él conoció, consumió y venció, dice. “Me interné en el centro de una fundación, estuve 12 años estudiando y preparándome, me enseñaron a decir: ‘no a las drogas’. Conocí el poder del ‘no’ y me decidí a vivir como alguien normal”, afirma. Pero aún le queda una adicción: la fotografía, ahora quiere una cámara y retratar el mundo de los que consumen heroína.
Gestos
De repente aparece como un fantasma. Carlos Mario aprovecha una distracción para ir a robar una sonrisa. Se para cerca de su víctima sin que esta lo note. Esta pega un salto, se lleva la mano al pecho para que el corazón no se le exprima. Carlos Mario alarga, ensancha, estira, contrae, hace puño el rostro como si estuviera hecho de plastilina y ya, la risa sale orgiástica en la víctima, resultado de ese cruce de sensaciones. Imita al que pase desde hace cinco años, luego de estudiar por algunos meses en una escuela de mimo.
No faltan los que quieren una foto con él, y antes de que el flash reviente, la corbata se le para. ¿Cómo le haces? “Con viagra” ¡Oh, qué mal chiste!, pero no importa, Carlos Mario me extiende su puño, dos gruesos anillos hay en él. Choque de puños. Su traje nace de la mezcla de fotos de mimos y payasos que vio en la Internet. Un gorro de copa rojo, sobre el que se agarran unas gafas doradas que casi nunca usa, el rostro blanco seguido de una chaqueta de frac, con la cola incluida, y la colorida corbata. El traje se completa con un celular que funcionó hace 20 años y que tiene ligeramente trizada la pantalla luego de que un carro le pasó por encima.
Carlos Mario dice que bajo esa gruesa capa de maquillaje blanco hay un tipo bien pinta, con su barbita y ojitos verdes. Las mujeres no pueden resistir al encanto de sus 42 años. Pero no siempre imitó a gente, como tampoco transgredió la ley. Cuando dejó las drogas consiguió trabajo como chofer, manejaba los vehículos de los pastores cristianos y ahí aprendió a respetar semáforos, pares, líneas amarillas y blancas, para no ser multado. Cuando las monedas acumuladas en su canguro ya le estorban, se mete en una cafetería y las cambia por billetes. Con ellos se pagará el cuarto de hotel y en algún lado ahorrará para seguir viajando. Le dedica ocho horas diarias a hacer mimo en los semáforos y calles de Quito.
Se quedará dos meses más en la ciudad, quiere ir a Argentina, Paraguay y luego al Mundial de Fútbol de Brasil, esa es su meta, ya tiene una ‘platica’ ahorrada en Colombia. “La plata se me está perdiendo socio”, dice tomando al apuro un jugo de botella. Lo deja a medio tomar y se va... a trabajar en silencio.
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