|
Irving Iván Zapater / Gestor cultural e intelectual
Tiene una pinta de intelectual que no la disimulan -más bien la refuerzan- los modales finos, el trato cortés y la erudición que diagraman su cotidianidad. Sin ninguna duda, Irving Iván Zapater Cardoso es un intelectual. Y aunque siempre ha mantenido un bajo perfil en más de cuatro décadas de trabajo fructífero, quienes le conocen resaltan su dinamia, su voluntad y el manejo certero de sus actos.
“Es uno de los gestores culturales más importantes que tiene el país”, explica sin remilgos el escritor Abdón Ubidia. “Irving es asequible, amable y cordial; una persona inteligente”.
Es un hombre alto, delgado, peinado con esmero y de un rostro adusto en el que sobresalen unos ojos verdes, severos y profundos. Serio y disciplinado, no es persona de chanzas. Contar un cacho es para este doctor en Derecho, graduado en Jurisprudencia de la Universidad Católica, más complicado que elaborar la tesis de una maestría.
Maestrías -con propiedad fueron dos posgrados- que aprobó en Roma: en Economía y Administración. Aún así parece un tenista de élite aunque, reconoce con un poco de pesar, no ser afín a los deportes. Es más, se sincera del todo, siempre prefirió los libros y las artes a los balones, los graderíos y las raquetas. Con decir que ni el fútbol le atrae, cosa rara en un país tan futbolizado. Y su ‘deporte’ preferido es leer y departir con los pocos y escogidos amigos que tiene. Al tenor de un buen brandy, que le ilumina el ingenio y afloja su parca lengua, que es tan precisa como un láser.
“No hay como una copita de Explendid, un buen libro y la buena compañía de mi mujer, Irma Gortaire, para sentirme realizado”.
Con Irma tuvo dos hijos, José Manuel y Juan Daniel, quienes están dibujando su propio camino al andar. Graduado en el Colegio Benalcázar luego de acabar la primaria en la Escuela Espejo, Zapater aprendió a ser riguroso y ordenado bajó la atenta y severa mirada de su padre Ángel. Odontólogo de profesión, recuerda Irving, era un hombre que no tenía ningún reparo en callarle la boca cuando lo creía conveniente.
Esa disciplina paternal le marcó para toda la vida. Y le permitió diseñar una carrera profesional honesta, coherente y sólida. Primero en el Banco Central del Ecuador, entidad donde trabajó por muchos años y en diversos departamentos, y ahora en el Consejo Nacional de Cultura.
Fue director del Centro de Investigación y Cultura del BCE por el lapso de 15 años. En ese tiempo ha producido bastante. Ha sido editor de más de 300 libros y publicaciones. Ha promocionado un sinfín de exposiciones y encuentros culturales. Ha viajado mucho... Ha dictado cátedra. Es profesor en Jurisprudencia de la PUCE por 30 años.
También ha escrito, de mano propia, cinco libros. Los 12 tomos de la serie Fotografías del siglo XX son su obra más ambiciosa. Su libro ‘La historia de cada día’, que compiló los curiosos y sui géneris avisos clasificados de antaño, está agotado.
De hecho, su relación con la fotografía y las otras artes visuales ha marcado su bitácora de las dos últimas décadas. Y nació de un proyecto de recuperación de los materiales gráficos del país con una exposición de los trabajos de Luis Pacheco, uno de los fotógrafos pioneros de Quito.
A esa exposición siguieron varias de parecida categoría. Ahora mismo está abierta, en el Museo del Ministerio de Cultura, emplazado en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, la muestra Ciudades en Tránsito, que reúne fotografías de lo que era Quito de mediados del siglo pasado.
Para los fotógrafos quiteños es un referente. Y destacan su aporte a la revaloración de su arte. “A más de recuperar la fotografía en el país, la dotó de un rostro. Por su visión, estas gráficas ahora tienen su génesis: dejaron de ser anónimas y pertenecen a los artistas que las eternizaron”, explica René Pacheco, hijo de Luis, el andariego cazador de imágenes que, sin saberlo, apuntó la brújula de Irving hacia la fotografía.
|